La Inocencia es un Don con el cual todos nacemos, y recuperarla en este mundo que no es de Dios, lleno de intenciones y competencias es poder volver a sentir a Dios.
La inocencia vive en nuestro espíritu desde siempre, si dejamos al espíritu actuar siempre, seremos como niños, nos dejaremos guiar por la verdad que nos vive, y no lucharemos más por lo de aquí y ahora, porque en nuestra conciencia despierta sabremos con seguridad que nuestra verdadera Casa está con Cristo al lado del Padre.
Las características de la inocencia son:
- La no intención.
- La no acción.
- La carencia de deseos en el mundo.
- Nunca se agobia por lo material.
Allí donde hay intención ya se ha perdido la inocencia y la verdad.
¿Cuántas veces nos vemos abrumados por los problemas económicos? ¿Cuántas veces intencionamos nuestro accionar? ¿Cuántas veces esperamos un resultado y al no obtenerlo nos frustramos? ¿cuántas veces queremos tener cosas, títulos para este mundo?… En todas esas ocasiones la inocencia se ha escapado de nosotros.
El aceptar lo que Dios nos ha entregado (espíritu, índole, familia, hermanos, hijos, hogar, trabajo, etc.) y amarlo en su simplicidad, sin esperar nada a cambio, sin egoísmo, no posesionando nada y todo con un sentido de unión… recién así comenzaremos a percibir la inocencia que está en cada uno de nosotros.
La inocencia se liga con el Amor, ese amor que no posesiona, que es verdadero y leal siempre, no cuando yo quiero o siento, sino que es abierto sin límites, ese amor que ama a los suyos a pesar de la diversidad y acepta al otro tal cual es y reconoce que en él hay una parte divina, que es la misma parte que lo vive, o sea el Espíritu, y este Espíritu lo une a Dios… ése es Amor con inocencia… como un niño que ama a su familia, sin condiciones.
La inocencia es la pureza de corazón, donde todas nuestras emociones son sinceras y no guardan secretos, malos pensamientos y segundas intenciones.
Perder la inocencia es alejarse de la conciencia del espíritu, y es en aumento desmesurado por lo sensual y los objetivos externos en este mundo, lo que yo quiero y siento, mi autorealización.
La inocencia es llegar realmente sentirse Hijos de Dios y Amados por el Creador, si no nos sentimos Hijos de Dios jamás nos sentiremos completos, siempre estaremos buscando hacia afuera para llenar ese vacío que solamente Dios llena, ¿cómo no podemos percibir su infinito Amor? ¿Acaso no sacrificó a su Hijo amado? ¿Acaso Cristo no se rebajo a ésta estirpe para elevarnos? ¿Quién más que siendo Dios podría haber cambiado nuestra antigua condición? Solamente Dios, y su acto de entrega y renuncia es el más alto grado de Amor que cada uno debemos reconocer y sentir como propio. Ahora tomemos conciencia y sintámonos realmente Hijos de Dios y amados por el Creador. Si Dios no nos amara, no vendría por segunda vez y no se iniciaría el Milenio de Paz, en su infinito Amor el ha esperado que cada uno de nosotros lo dejemos vivir siendo uno con Él, porque la paciencia de Dios ha sido nuestra salvación.
Si somos inocentes, estamos en armonía con el cielo y Dios nos vive, además recuperamos la percepción espiritual.
La inocencia no codicia, no busca riquezas ni se sacrifica por algo perdido. Con la inocencia la mente se aquieta.
Recordemos las palabras de Cristo: “Dichosos los limpios de corazón, porque esos van a ver a Dios”. Dejemos que sea el gobierno del espíritu en nosotros y con inocencia dejemos que Cristo haga en cada uno la Voluntad del Padre, de lo contrario no podremos entrar en Su Casa. Que la Madre Sabiduría nos enseñe y nos muestre.
Cristina Loreto Orellana Díaz
Sacerdote Misionera bajo la Ley de Jesúscristo.

